Podemos definir la rigidez psicológica como un programa que bloquea la incorporación de datos nuevos en el sistema psíquico de forma permanente, temporal o parcial, así el funcionamiento del sistema psíquico puede ser sano y funcional cuando es permeable, o patológico y disfuncional cuando es rígido.
Su función sana es permitir que el sistema se defienda a mantener patrones de pensamiento, creencias o comportamientos que puedan desestructurar el sistema psíquico y, de esta forma, evitar el malestar que se siente cuando se ponen en cuestión nuestros valores, ideas o creencias. Esta es una función esencial y no patológica con un objetivo muy específico que es analizar los datos que recibimos y decide cuales va a permitir que sean incorporados al sistema psíquico y cuáles no, en función de la ley de la coherencia cognitiva.
Pero en ocasiones, la rigidez funciona de forma errónea, patológica o disfuncional y no nos permite adaptarnos a situaciones nuevas, ni corregir errores o pensamientos desadaptados y puede convertirse en un obstáculo serio para el bienestar y la salud mental y ser una resistencia al cambio interno.
Eso puede afectar la forma en que una persona percibe el mundo, interpreta la realidad, se relaciona con los demás y enfrenta los desafíos del día a día. Las personas rígidas suelen aferrarse a sus ideas o hábitos aunque no les resulten útiles o incluso les perjudiquen.






Cuando he hecho un trato con alguien y no me cumplen el trato me he enojado mucho. Eso es rigidez mental?
Enojarse cuando alguien no cumple un trato es una reacción normal, porque sentimos que han fallado a nuestra confianza o a lo que acordamos. Ahora bien, si ese enojo se vuelve muy intenso, repetitivo o cuesta soltarlo, ahí sí puede estar apareciendo cierta rigidez mental. La rigidez no está en enfadarse, sino en quedarse atascado en la idea de “tenía que ser exactamente así” sin poder aceptar que a veces las cosas no salen como esperábamos.